Leatid - Centro Latinoamericano de Formación e Investigación para la Conducción Institucional Judía

American Jewish Joint Distribution Committee

El porvenir del judaísmo o el judaísmo por venir

Santiago Kovadloff

PLENARIO 4


“EL PORVENIR DEL JUDAISMO O EL JUDAISMO POR VENIR: Acerca de los valores judíos”


Expositor: Santiago Kovadloff


Podría asegurarse que en un sentido fundamental la crisis del presente, crisis de la modernidad tardía, es una crisis de valores y que por lo tanto en el centro de esos valores en crisis está el sentido de la educación.


Mi hipótesis es que la educación del presente es pobre por ser apolítica en un sentido de que al tender a la fragmentación creciente mediante la hiperespecialización rehuye a la interdependencia, al espíritu de convergencia que es el rasgo distintivo de lo político.


Si como ha dicho Franz Rosenzweig, lo nuestro depende de lo ajeno, debe entenderse la pérdida de sensibilidad ante el otro y ante las formas de austeridad posibles, como un rasgo de empobrecimiento político, pues lo político en su acepción más noble remite a lo comunitario, a la supremacía del bien común sobre cualquier otro bien.


Es oportuno recordar aquí las palabras de Giovanni Sartori escrita en su “Homo Videns”
acerca de la crisis educativa en la sociedad teledirigida. Dice Sartori “es fácil comprender por qué un crecimiento general del nivel de instrucción no comporta por sí mismo un crecimiento específico de ciudadanos informados sobre cuestiones públicas, lo cual equivale a decir que la educación en general no produce necesariamente efecto de arrastre alguno sobre la educación política, por el contrario, cada vez más la educación especializa y nos limita a competencias específicas. Aunque en hipótesis tuviéramos una población formada por licenciados, no está claro que por ello habría un incremento relevante de la parte de la población que comprenda qué es la política y aún si fuera así el problema quedaría tal como está, pues un químico, un médico o un ingeniero no tienen una competencia política que los distinga de quiénes no tienen tampoco esa competencia”...


Es decir que en buena medida el problema de los valores puede llegar a plantearse provechosamente si nos preguntamos por el destino que el problema del sentido y de la cuestión de la interdependencia han corrido en el concepto especializado y fragmentario de la educación contemporánea.


Debemos decir al respecto que el dilema actual del conocimiento se sitúa en las antípodas del que afectó a Occidente en la temprana edad media. En tiempos del federalismo la fragmentación geopolítica tenía su contraparte en el esfuerzo de unidad cosmovisional del cristianismo. En nuestro tiempo hemos avanzado extraordinariamente en términos de interdependencia e integración geopolítica aunque ello no signifique que lo hayamos hecho en términos de ecuanimidad económica y social, pero como contraparte hay que decir que se ha producido una ruptura de las premisas cosmovisionales, una caída de la unidad cosmovisional y un auge desconocido hasta hoy de los particularismos, de los fragmentos y de las especializaciones que ha venido a redundar en lo que hoy se designa como crisis de la modernidad.


Se trata de un movimiento centrífugo, inocultable aún para las conciencias menos avisadas en relación con el cual vale la pena situar al judaísmo. Se diría que el judaísmo ética y filosóficamente hablando, no terminó nunca de pertenecer por entero al ámbito de la modernidad. Sus ideales e idealizaciones contribuyeron a que se lo considerara como otro irreductible, como disonancia casi insalvable. No se trata en el caso del judaísmo de un pensamiento necesariamente previo a la modernidad, sino marginal, lateral y marginado. En tal sentido es sumamente interesante el caso de Spinoza quien supo valerse de los recursos modernos, es decir de la ratio moderna para asentar una visión fuertemente teocéntrica de la verdad en plena modernidad. Así como en el pensamiento moderno de raíz cristiana el racionalismo moderno ha de encontrar reparos claros y rotundos en Francisco Sánchez, en Pascal y Kant, entre los más eminentes creadores, así también la razón moderna encontrará matices divergentes esenciales no sólo en Spinoza, sino en el jasidismo del siglo XVIII y en el judaísmo del siglo XX. Vale la pena recordarlo porque esta inscripción insuficiente del judaísmo en los ideales racionalistas de la modernidad, atenuará sin duda el efecto que sobre el judaísmo alcanza ahora la crisis de la razón moderna, una de cuyas expresiones ha sido la Shoa, en la medida en que la Shoa sea entendida como manifestación conjunta de técnica y de barbarie.


Si tomamos por ejemplo las consideraciones sobre la subjetividad que elabora Freud, y el destino interpretativo que lo moderno corre en judíos como Walter Benjamin y George Steiner, resultará evidente que en todos ellos la dimensión de lo puramente racional ha dejado de operar como instancia homologable a la persona humana sin que ello implique, claro está, que la razón haya dejado de tener un real protagonismo en la indagación de lo real.


El concepto de la persona tiene en el pensamiento judío de buena parte del siglo XIX y XX, rasgos diferenciados de la lógica estricta de la modernidad. La instancia de lo ético que en la lógica moderna es subsidiaria de la razón ocupa en el judaísmo un sitio siempre central y vertebrador de una lógica del contacto y el encuentro.


Una nueva fundación sin duda alguna, implicó para el judaísmo de la modernidad tardía, el nacimiento del Estado de Israel. Es posible, lo sabemos bien, ser judío fuera de Israel, pero no es posible ser judío de espaldas a Israel. Israel está en el centro de la oportunidad judía de ser libres en la medida en que la diáspora como fatalidad impuesta a los judíos cesa con la creación del estado judío para convertirse en todo caso en una opción personal. Pero de hecho con la creación del Estado de Israel es posible elegir y la dimensión del espacio deja de estar asociada a la fatalidad.


Otros ideales que los de la fé religiosa en sentido estricto, principalmente los políticos, desempeñaron una función aglutinante, si bien es cierto que su caída ulterior acusa un desamparo considerable en términos de valores compartidos. Ello no redunda en una menor adscripción al grupo, a la comunidad, sino en una adscripción más formal que sustancial. Este formalismo fue denunciado rotundamente por Abraham Heschel y por Buber, quienes estiman viable e imperioso un reencuentro del hombre judío con la fe religiosa en términos de mayor intimidad personal con esos valores. Vale la pena recordar en tal sentido las palabras de Martín Buber “si creer en Dios significa poder hablar en tercera persona de él, entonces no creo en Dios, pero si creer en él significa poder hablar con él entonces sí creo en Dios”... Creo que en lo que atañe al universo judío no hay globalización literal posible. Ni el ideal de la Aliá ha prosperado globalmente, ni han prosperado los autonomismos a ultranza, es decir los judaísmos locales reñidos con el sentimiento de pertenencia a un pueblo que excede los parámetros excluyentes tanto de carácter territorial como ideológico.


Para terminar, el judaísmo a principios de este nuevo siglo va delineándose en una tarea mucho más que como una evidencia. Pertenece el judaísmo al campo de las construcciones incesantes en aquél sentido fundamental en que la identidad judía ha de sobrevivir en la medida en que sea capaz de enfrentar los dilemas que cada época le plantee con una voluntad crítica y autocrítica que es su mejor signo de vitalidad.

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